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Dr. Richard Suárez
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5 min de lectura

¿Para qué sirve la fe? Lo que vi una madrugada al lado de un paciente intubado

En la UCI hay ventiladores, vasopresores y antibióticos de última generación. Y también hay fe. No cambia el desenlace clínico, pero cambia la manera en que se atraviesa el dolor.

Esta madrugada, mientras revisaba bombas de infusión y monitores, vi algo al lado de uno de mis pacientes que no estaba conectado a ningún cable: un rosario blanco, colgado junto al monitor de un hombre sedado, intubado, con un pronóstico ominoso. Y pensé que en esa misma habitación había ventiladores de última generación, vasopresores en infusión, antibióticos calibrados al miligramo — y también había fe. Yo no suelo hablar de la mía en redes sociales, pero veo todos los días la de mis pacientes y la de sus familias.

Lo que veo todos los días en la sala de espera de la UCI

Madres que oran en silencio. Esposas que aprietan un rosario hasta que les duelen las manos. Hijos que prometen cambiar si su papá sale de esta. Familias enteras de un pueblo entero rezando por una sola persona. Yo no he aprendido a explicar todo lo que pasa en la UCI con la fisiología — y eso que la fisiología es mi oficio. Hay un componente que escapa a los gases arteriales, al lactato, al hemograma. Es la forma en que un ser humano sostiene a otro cuando ya no queda mucho más que sostener.

Ahora voy a decir algo que sé que va a incomodar: he visto morir a personas profundamente amadas, con familias devotas, con cadenas de oración de todo un país, y aún así mueren. Si la fe fuera garantía de supervivencia, nadie moriría. Entonces, ¿para qué sirve?

Para qué sirve cuando la ciencia llegó a su límite

Sirve para sostener al que se queda. Sirve para darle sentido al caos. Sirve para que cuando yo le diga a una familia que ya no hay más que ofrecer desde la medicina, el alma de esa familia no se rompa. La fe no es creer que todo va a estar bien. La fe es la convicción profunda de que pase lo que pase, hay un Dios que tiene el control, así no lo entiendas en ese momento.

Y eso cambia algo enorme. No siempre cambia el desenlace clínico — eso lo digo con responsabilidad médica. Pero cambia cómo se atraviesa el dolor. Y la diferencia entre una familia que atraviesa una pérdida con sentido y una que la atraviesa en el vacío es algo que en la UCI se ve con tanta claridad como un electrocardiograma.

En esta habitación hay ventiladores, vasopresores, antibióticos. Y también hay fe.

He visto familias destruirse por una muerte y otras salir más unidas. He visto pacientes despedirse en paz y otros con todo por decir. La diferencia muchas veces no estuvo en lo médico — eso ya estaba escrito. La diferencia estuvo en lo que esa familia traía consigo cuando llegó a la sala de espera.

Por qué la medicina seria no se pelea con la fe

En mi formación me enseñaron a tomar decisiones con evidencia. A no recetar nada que no tenga respaldo. A no prometer lo que no puedo cumplir. Y todo eso lo sostengo. Pero he aprendido algo que las guías clínicas no cubren: hay procesos humanos que la medicina por sí sola no puede acompañar. El duelo anticipado, el miedo a la pérdida, la culpa del familiar que no llegó a tiempo, la pregunta sin respuesta de por qué le tocó a él.

Cuando trabajo con un paciente grave hago tres cosas que la familia muchas veces no nota:

  1. Hablo claro. Si el pronóstico es malo, lo digo. No suavizo lo que va a ocurrir, porque cuando llega, la mentira piadosa se vuelve trauma.
  2. Respeto lo que esa familia trae. Si quieren orar, oran. Si quieren traer un rosario, lo cuelgan. No estorba el cuidado, lo acompaña.
  3. No prometo milagros. Pero tampoco le quito a nadie la posibilidad de esperarlos.

Esa es la medicina que aprendí. No es la fría, no es la mística. Es la honesta.

El mensaje que se va con quienes se quedan

Cuando un paciente muere, mi trabajo no termina con el certificado de defunción. Sigue con la familia que tengo que sentar a explicarle qué pasó. Y ahí, en esa conversación, lo que sostiene a esa familia muchas veces no es lo que yo digo. Es lo que esa familia ya creía antes de entrar a la UCI.

Si tú estás leyendo esto y tienes a alguien grave hoy, o si lo tuviste y todavía no terminas de procesarlo, el pilar de casos reales de UCI reúne las historias que más me han enseñado en estos años — no para asustar, sino para que entiendas lo que pasa dentro de esas paredes. Y si quieres entender mejor los conceptos médicos que se cruzan en una decisión de cuidados intensivos, el pilar de educación clínica es donde están explicados con honestidad.

Lectura adicional

  • La Mayo Clinic ha publicado material clínico sobre el rol del soporte espiritual y emocional en cuidados intensivos y en cuidados paliativos.
  • El NHS reconoce el acompañamiento espiritual como parte integral del cuidado al final de la vida en sus guías hospitalarias.
  • La Organización Mundial de la Salud integra el bienestar espiritual como una de las dimensiones de la salud en su definición ampliada.

Lo que entendí esa madrugada

Ese rosario blanco no estaba ahí para cambiar lo que decía el monitor. Estaba ahí para sostener a alguien que estaba a punto de perderlo todo. Y aunque mi oficio es la medicina, aprendí a respetar lo que no se mide con gases arteriales — porque también importa, y porque también cura, aunque de otra forma. La medicina salva vidas. La fe, a veces, salva corazones.

Soy Richard Suárez, médico especialista en cuidados intensivos. Si quieres seguir lo que veo cada semana en la UCI — lo clínico y lo humano — suscríbete a mi canal de YouTube y nos vemos del otro lado.